26 Sep La Misión (Parte I)

Sobraban tantos halagos y artimañas si el objetivo era hacerme sentir así. Tantas millas recorridas, tanto sudor y agotamiento, tanto hastío para esto. Entendedme, las expectativas eran elevadas y la ilusión creciente, no me esperaba un recibimiento así, más ridículo y burlesco que hostil, pero definitivamente incómodo.
Ya llevo dos semanas granjeándome animadversiones y coleccionando miradas de condescendencia entre los amigos de los amigos de los próceres que deberían avalar mi trabajo y mi desempeño y que parecen ausentes e inaccesibles. Alcanzarlos se me antoja cada día más difícil, una misión casi tan titánica como el propio objeto que justifica mi presencia en este lugar.
Desconozco las leyes de la diplomacia y la paciencia o las estrategias a largo plazo. La altura de miras es más propia de sabios o estadistas que saben honrarla y presumir de ella. No he venido aquí a reír las gracias a nadie y mucho menos a hacer de bufón, cuando no de payaso. He dejado mucho atrás, cosas importantes y trascendentes, aunque para las mentes fatuas que invaden este sitio nada merezca tal calificativo.
No se toman nada en serio, pero su incansable afán por aparentar desenfado les traiciona. Se nota la impostura, falsedad y poca elegancia en todos y cada uno de sus gestos. Son ridículos y espantosos y aunque todavía no han llegado a ser despreciables, no dudo en que alcanzarán coronar esa cota con suma facilidad.
Hay enfado en mis palabras, un enojo difícilmente aplacable. Me quieren ver comiendo y bebiendo de su mano, rebajado y reducido a la figura de un paria para su goce y disfrute. Merodean como zascandiles a la espera de una presa fácil que sirva de entretenimiento eventual. Definitivamente puedo aseverar que son despreciables y asquerosos por naturaleza, gente con la que no querríais tener ningún trato ni relación.
Pero para mi desgracia, yo lo tengo. Un trato, quiero decir. Los emisarios del que sería mi principal valedor vinieron a verme y quedaron sorprendidos y estupefactos sin hacer gala de la prepotencia y vacuidad moral de la que presumen en su terruño. Supieron quedar bien, agradar y halagar quizás con desmesura, aunque de esto me doy cuenta ahora, estúpido e inocente hombre. Para los meramente avispados, tal actitud habría sido señal suficiente de alarma como para mandarlos a tomar por culo. El lenguaje no verbal que todo lo explica y que pocos entienden, un don digno de ser deseado por cualquier persona que deba lidiar con las inconveniencias y desdichas de vivir en sociedad. Pocos se escapan de esta maldición, si acaso los anacoretas que abrazan tal condición después de corroborar la inutilidad de su incansable lucha por comprender las razones que mueven a los hombres a hacer lo que hacen o a ser como son.
Y pienso que así me gustaría estar ahora, rodeado de nadie, renunciando a lo mundano y absorto en la contemplación de lo que nos envuelve, que no es otra cosa que la naturaleza y el Universo con sus objetos materiales y sus susurros perceptibles pero invisibles. Aunque me tacharan de loco lo mismo me daría, si nadie se atrevería a poner en duda la cordura de una planta en plena metamorfosis o de una crisálida en su letargo, ¿qué habrían de decir de mí?
Pero no es este rango el que ostento, al menos ahora. Hay asuntos que requieren una resolución inmediata, ya no pueden esperar. El inmovilismo y la pasividad de estas jornadas son inadmisibles, aunque hayan sido impuestos y en cierto modo irremediables. Alguna voz amiga me advirtió que todo tiene un precio. Supongo que tenía razón y que todo lo tiene, incluso lo que debería ser accesible y ajeno a mercantilismo.
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