18 May La Misión (Parte III)

El hall principal es enorme y hace honor a la majestuosidad del rascacielos que lo envuelve. Siempre me ha fascinado el proceso a través del cual la mente de un arquitecto esboza una idea, la dibuja en un papel y la hace realidad finalmente, con el total convencimiento de que el resultado será fiel a la imagen originalmente proyectada. Y si no lo fuera, ¿acaso lo diría? Pocos ejemplos habrá de esos. En la vida sucede lo contrario: nos formamos una idea de las cosas que luego poco o nada tienen que ver con la realidad, derivando en frustración cuando no en ira o agresividad. Ese es nuestro hecho diferencial, el de enojarnos por motivos o situaciones que nunca han existido más que en nuestra imaginación. Nadie verá a un león moralmente abatido por no haber podido dar caza a la primera presa del día, sino que lo seguirá intentando sin malgastar esfuerzos en pararse a pensar en lo que pudo haber sido y no fue. Los hombres, en cambio, nos pasamos la vida caminando patéticamente cual funambulista sobre un alambre de inseguridades y expectativas adornado con dosis inhumanas de autoexigencia. El verbo fracasar solo queremos conjugarlo en tercera persona, ni la muerte nos provoca tanta grima o pereza.
Para llegar a la zona de ascensores hay que sortear alguno de los diez tornos de acceso que se activan automáticamente escaneando un código QR o de barras, pero solo hay un arco con detector de metales. He podido contar hasta ocho vigilantes de seguridad uniformados, pero a buen seguro que hay muchos más en un edificio de tal magnitud, por no decir de los que irán de incógnito para no levantar suspicacias.
Observo que por el detector sólo pasan las visitas esporádicas y que los empleados que llevan colgadas en el cuello sus identificaciones plastificadas acceden por los tornos normales. Yo soy de los esporádicos, pero no voy a pasar por el arco, léase el juego de palabras. Encontré al sabio que observa y estudia el terreno sin aspavientos, aquellos pasos que honré en busca del hombre tranquilo dieron sus frutos en forma de acreditación corporativa. Ahora soy un intruso en la manada, un Caballo de Troya con el único propósito de desatar la tormenta. Y no va a ser agradable.
Paso el control sin problemas y hasta me permito la licencia de saludar a uno de los guardas uniformados con un leve movimiento de cabeza que él me devuelve con total naturalidad. La confianza en nosotros mismos nos catapulta a cotas de éxito elevadísimas, no hay un rasgo de personalidad más determinante e influyente que la seguridad o el temple. Por desgracia, en las escuelas prefieren enseñarnos otras cosas, premiando al repelente que se sabe de memoria catorce dígitos seguidos del número Pi, pero no tiene ni puta idea de su significado. El sistema se alimenta de idiotas, se engorda con ideología y nos devora privándonos de conocimientos.
Ya en la zona de ascensores me decanto por uno de los que van a pisos impares. Mi destino es la planta treinta, pero pararé en la veintinueve y subiré una por las escaleras.
Cuatro personas me acompañan en el ascensor, dos chicas jóvenes y dicharacheras, un ejecutivo de mediana edad con buena planta y bien perfumado y un chico bastante joven, que parece perdido y consulta su móvil compulsivamente, tratando de encontrar en su dispositivo respuesta a todas sus dudas o simplemente un momento de evasión que le permita hacer más llevadero el absurdo trámite de estar acompañado por cuatro desconocidos en un cubículo que se eleva. Hemos interiorizado tanto la tecnología, por cotidiana, que no nos paramos a pensar en las extrañas y paradójicas situaciones a la que nos aboca.
Las chicas ríen y se divierten, van a pasar un buen rato en la oficina, tendrán un trabajo liviano y llevadero o quizás no, tal vez ostenten algún puesto de cierta responsabilidad, pero lo afrontan con alegría. El ejecutivo va a cumplir un trámite, se toma en serio su rutina y trata, con éxito, de proyectar cierta imagen que tendrá grabada en su cabeza, influida a buen seguro por las tendencias de moda y por el cine norteamericano. Al hombre joven le molestamos, no nos necesita para nada. Si bien las chicas y el ejecutivo interactúan a su modo con el resto de la especie, al chaval sólo le apremia desaparecer de allí y encerrarse en el cuchitril que le hayan asignado para cumplir su cometido, como en el mito de Sísifo. Se sabe insignificante y apela a su condición de número: una pieza más del engranaje de la maquinaria que le oprime como sólo Zeus lo haría y le condena a una vida vacua y sin sentido. Si no fuera porque voy a cometer una masacre, diría que el chico es el más peligroso de los cinco.
***** FIN *****
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