Un solo día en la vida - El Blog de Jaime Galán
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Un solo día en la vida

Una luz cegadora pero amable, se coló a través de una puerta semiabierta una noche de octubre, como si el mundo, de repente, se acordara de que existo. Aún era pronto para el abrigo, pero tarde para el desenfado de la piel expuesta, un entretiempo hasta cierto punto sereno, al menos para alguien que acostumbra a añorar los disfrutes del estío y exigir redención al invierno, como si los pretéritos placeres banales estuvieran salpicados por una pátina de culpabilidad fabricada por una mente enferma que pide reparo a través del sacrificio.

Y justo en ese instante en el que el mundo parece dormido en su inercia y nunca pasa nada, ocurrió todo.

Lo esencial de lo que sentí no cabe en ningún alfabeto, nunca lograré traducir del todo lo que se agitó tan adentro y, aun así, no puedo eludir la responsabilidad moral de intentar explicarlo, de no guardarlo.

La primera sensación fue de asombro, por la pequeñez de sus dimensiones, casi imposibles para albergar vida y, sin embargo, ahí estaba con su corazón latente y su respiración periódica, con sus movimientos lentos pero intuitivos, con su mirada llena de curiosidad o de la misma expectación del observante, que era yo, puesto ahí por un Schrödinger omnipresente que nunca se cansa de jugar a ser Dios. Y tal vez estuviera en lo cierto en sus apreciaciones, o si no, como explicar sin apelar a la lógica cuántica, que un repentino halo de luz iluminase una estancia hasta ese momento llena de nada, como si de un advenimiento divino se tratara, tantas veces retratado en frescos y en óleos que nos abstraen de la vida absurda y nos convierte en hombres efímeramente libres. Ya no cabían ni el tiempo ni el espacio, solo una bruma lo suficientemente cálida para apocar el relente de la noche otoñal neutra que no invocaba ni al bien ni al mal, que sólo esperaba a ser consumida lenta e inexorablemente por un amanecer igualmente sereno y a resguardo en su manto de hojas secas e inertes. Lo que vino después fue pena y vergüenza por no haber aprendido antes semejante lección de amor, mezcladas con una alegría desbocada pero contenida por un llanto silente dirigido por el pudor, esa invención mental que impide al resto del mundo contemplar nuestra dicha, esa víspera de tempestades, un pecado capital. ¿Qué más dará volver al horror al día siguiente, empujar la piedra hasta la cima para dejarla caer en un bucle infinito, si este segundo vivido vale por una eternidad? ¿Habrá alguien o algo capaz de extinguir ese vínculo de amor, paz y armonía encarnados por un ser tan diminuto en lo material y tan grandioso en lo espiritual? Reparé en que esa belleza jamás podría ser destruida, no le convendría al universo pervertir sus propias reglas para tan poco botín que es un hombre cansado de echar a andar, olvidado por los propios dioses que lo condenaron. Y al fin, transité placenteramente hacia otro estado, en el que me vi contando a otros hombres que, por la rendija de mi puerta entreabierta, se deslizó una luz potente pero tierna, una noche de octubre, húmeda como solo ella sabe, cuando ya no esperaba nada de la nada y cuando el todo se hizo presente y me rodeó con sus brazos fuertes y rebosantes de vida, para enseñarme, poéticamente, el camino de la compasión: el único posible.»

 

Enfrentaré el duro invierno sin heridas que relamer; abrazaré la primavera, desbordante de colores y texturas, omitiendo la búsqueda interminable de la inspiración que siempre me fue esquiva; sucumbiré al goce desmedido de los meses cálidos, sin culpa ni arrepentimiento; y me entregaré, sin esperanzas, a la ambigüedad otoñal, cerrando la boca a Zeus y a todos los dioses que observarán horrorizados el resultado de su obra.

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